La pasión de mandar

La pasión de mandar

Gregorio Marañón escribió la biografía del mejor segundo (como se diría en el ámbito futbolístico) que ha dado España al mundo, Don Gaspar de Guzmán Conde-Duque de Olivares, Grande de España. Olivares, como valido del Rey, destaca en el management del Estado por encima de personajes de la talla del Duque de Lerma o incluso de grandes generales, como Don Juan de Austria, el Gran Capitán (Gonzalo Fernández de Córdoba) o incluso el temido Duque de Alba, pero el grandísimo Gregorio Marañón sabe contarnos una historia sobre un personaje, quizá un ejemplo de donde haya bebido Pérez-Reverte para sus magníficas novelas históricas.

El Doctor Marañón fue acertado hasta en poner un subtítulo a su libro El Conde Duque de Olivares, y no podría haber sido otro que la pasión de mandar. La biografía de Olivares no es sino un tratado psicológico sobre la necesidad que tienen las personas de mandar y de ser mandadas.

Pero cuando el hombre rebosante de la pasión de mandar encuentra el ambiente social favorable, esa pasión florece a sus anchas, corre por su cauce libre y entonces aparece el caudillo, el dictador, el conductor de muchedumbres. Es éste, pues, en todos los casos no el fruto puro de su jerarquía humana, sino el producto de una conjunción afortunada de ésta con el factor misterioso de la «circunstancia» propicia. De aquí la profunda verdad de la frase hecha de que en cada rebotica de pueblo, o en cada taller de trabajadores oscuros, puede estar escondido el héroe inédito, pero cuya trayectoria de ambición tiene que tocar, por azar sobrenautral, para hacerse fecunda, con la órbita de una gran conmoción humana: revolución, guerra, relajación de la estructura social o cualquiera otro de los grandes acontecimientos que turban hasta su raíz el curso de la Historia.

Año 1940 y ya se hablaba de que la relajación de la estructura social, combinada con personas ansiosas de mandar, podía provocar la aparición de líderes que en poco tiempo se pueden adueñar de nuestro modo de vida y gobernarnos a su antojo.

La pasión de mandar la hemos visto en muchos capítulos de la historia, pero más recientemente la hemos podido observar en América Latina, más concretamente en Venezuela, donde una persona necesitada de mandar a toda costa consiguió someter a todo un País, si bien no por las armas, si por los votos. Esa pasión de mandar la hemos visto en Cataluña, con una saga familiar que durante años ha gobernado y un valido del rey Pujol que iba a mandar, de hecho mandaba, hasta que ha tenido que retroceder porque sus propias criaturas le han devorado. Pero también lo vemos en el partido socialista, o en la figura más sorprendente que la política española ha dado en los últimos 10 años, Pablo Iglesias.

Pero algo diferencia a los caudillos de entonces, de los caudillos de ahora, y es precisamente «la casta», esa palabra tan manoseada en los últimos años. La casta era algo positivo en la época de Olivares, pero es algo totalmente peyorativo en nuestros días. La casta se entendía perfectamente en la figura del Conde Duque, porque tenía la capacidad de mando de su padre, la facilidad para resolver temas burocráticos de su abuela y la buena administración de los bienes, de su madre. El Conde Duque llevó a la Universidad de Salamanca, en su época de estudiante, un apoyo de 20 sirvientes y su padre le preparó para la gobernanza de la mejor forma posible.

Hoy en día vemos líderes que se alzan precisamente renegando de la casta y abanderando el gobierno de los «cualquiera», es decir, lanzan el mensaje de que «cualquiera de vosotros podría estar aquí, pero me ha tocado a mí». ¿Os suena esa frase? porque es lo que ha repetido varias veces el señor Puigdemont, desde hoy, Presidente de Cataluña. Pero es algo que ya han gritado a los cuatro vientos Pablo Iglesias, Albert Rivera o Alberto Garzón. Y efectivamente uno de los problemas que tenemos en España es ése, que cualquiera podría estar liderando esas masas de votantes, de potenciales escracheadores o de futuros comisarios políticos.

Un «cualquiera» gobierna en Cataluña, un «cualquiera» tiene la llave la gobernabilidad en España e incluso un «cualquiera» podría llegar a ser Presidente de España.

¿Acaso estoy defendiendo yo que las castas gobiernen y el resto de mortales simplemente nos guardemos de obedecer como corresponde?. No, en absoluto, lo que afirmo es que precisamente la relajación de la sociedad, las circunstancias propicias de las que hablaba Gregorio Marañón, e incluso la pasión desenfrenada por mandar, han provocado que muchos españoles, con un innato deseo de ser mandados, hayan visto en estos líderes low-cost, líderes del «Tiger» o del «Lidl», a los caudillos que les llevarán a mejores tiempos de bonanza y felicidad.

En una sociedad madura, con estructuras fuertes, donde la razón imperase por encima del adn a la hora de votar, señores como Puigdemont, Iglesias, Garzón o Baños, nunca serían líderes de nada, posiblemente ni de su comunidad de propietarios, salvo que les tocase por turno rotatorio anual.

Pero estamos en la España del tuit y del contertulio, en la España de la emoción exaltada y de la revancha. Y en esta España que nos ha tocado vivir, no podemos pedir grandes prohombres, porque no estamos preparados para valorarlos. Hoy el Conde Duque de Olivares habría recibido grandes escraches en su Palacio, le habrían puesto a caldo en los platós de televisión, vería como circulan memes con su cara por las redes sociales e incluso la Alcaldesa de Madrid le habría burlado el nombre, Gaspar, nombre que le pusieron sus padres por nacer el día de los Reyes Magos.

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